La trama: un psico-social interminable sobre Podemos. Manolo Monereo

Nunca me ha convencido demasiado el término casta, básicamente por dos razones: el foco de atención se dirigía fundamentalmente a los privilegios de los políticos y no se tenía en cuenta las vinculaciones de éstos con los otros poderes de la sociedad capitalista. La clave, a mi juicio, está y estaba en el creciente poder del capital sobre la sociedad, sobre el Estado y sobre el conjunto de la clase política. Es la autonomía de la política, el poder de la democracia y, más allá, de la soberanía popular, lo que estaba y está en juego. Lo decisivo, lo he dicho muchas veces, en una sociedad capitalista madura es saber cómo mandan aquellos que no se presentan a las elecciones.

Frente a la ambigüedad del término casta, he propuesto el término trama. Con esto quiero señalar, que la clave para interpretar la crisis de las democracias realmente existentes tiene que ver con este desequilibrio estructural de poder entre capital y trabajo que se ha ido consolidando en la Europa alemana del euro. Cuando empleo el término trama me refiero a una conexión organizada y permanente entre los grupos de poder económicos, los grandes medios de comunicación, las empresas encuestadoras y la clase política en un sentido muy amplio. En puridad, hay que hablar de tramas en un sentido plural. Trama y tramas se engarzan permanentemente. Lo nuevo con respecto a otra época tiene que ver con la práctica desaparición de los grandes partidos de integración de masas, de las grandes organizaciones obreras y de las identidades clasistas articuladas por ellos.

Los de abajo se fueron organizando para construir un contrapoder al poder existente. De ahí surgió el gran movimiento político y social que ha cambiado a las sociedades capitalistas europeas, la democracia en sentido estricto y a la política entendida como autogobierno de las poblaciones, es decir, como Res/ pública. No es éste el lugar para analizar las causas que nos han llevado a la involución política, social y cultural que viven nuestras sociedades, sólo insistir en que sin esta involución no se explica el enorme poder que hoy tienen la trama y las tramas a ella asociadas, sin olvidar que en el centro está el Estado, su control, sus definiciones y sus funciones.

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Hay un término usual en la política y en la comunicación latinoamericana que es lo que ellos llaman un psico-social. No es fácil definirlo; sería algo así como, la construcción consciente de un acontecimiento mediático-político con el fin de beneficiar -las menos veces- y perjudicar –sobre todo- a una fuerza que se considera antagonista del sistema de poder dominante. Psico-sociales los han sufrido o los siguen sufriendo Lula, Correa, Chávez, Evo Morales, Pepe Múgica, etc.

La idea central de un psico-social no es criticar, censurar, denunciar; no, es criminalizar. Los que lo sufren no son adversarios, son enemigos, es decir, ya no se les aplican las reglas normales de la deliberación democrática y republicana. El poner el acento en los aspectos psicológicos de lo social tiene que ver con la creación de un marco cognitivo que genere rechazo visceral, odio y miedo. Esas fuerzas son el mal, lo peor de lo peor.

Los psico-sociales siempre van unidos a formas diversas de delincuencia: conexiones con el terrorismo, relaciones con el narcotráfico y su mundo y, más allá, con potencias extranjeras a las que la administración norteamericana califica de “Estados canallas”. Detrás de estos psico-sociales siempre están, en primer lugar, un medio de comunicación potente, que pone en marcha una supuesta investigación periodística que descubre conexiones entre la fuerza política emergente y las diversas facetas del mal. Las fuentes casi nunca son directas y están relacionadas, a menudo, con los servicios secretos propios y alguna institución “democráticamente solvente” de los EEUU. En segundo lugar, el medio o medios -siempre ligados a los grupos de poder económicos- lo dan por bueno y lo convierten en noticia, en información políticamente significativa. En tercer lugar, sin mayores averiguaciones, el dato ya queda establecido, es decir, esta fuerza o aquella persona tiene que ver con aspectos criminalizados o criminalizables de la vida política.

Este tipo de “periodismo” se ha importado en nuestras civilizadas y democráticas sociedades y se está convirtiendo en la cara más atroz del neoliberalismo dominante. Podemos es el ejemplo más visible de esto que acabo de exponer. Es algo más que una conspiración. Se trata de una trama donde se articulan grandes empresas, medios de comunicación, periodistas, agentes conocidos y reconocibles de las cloacas y políticos. Lo que ha pasado este fin de semana es enormemente instructivo. Si vemos, por ejemplo, la portada del lunes pasado de El País se observa que hay, entre otras, dos noticias muy importantes y que en su fórmula digital han ido cambiando de lugar. En primer lugar, el triunfo de la extrema derecha alemana y en segundo lugar la división de Podemos, que supuestamente le podría dar la mayoría a Rivera y Sánchez. Al primer tema, volveré un poco más adelante.

El periódico del régimen -en decadencia manifiesta- está dando de sí todo lo esperado y esperable. Se puede decir que disparan ya contra todo (ahora les toca a los sindicatos, sobre todo después del triunfo en la UGT de un candidato -por así decirlo- de oposición y las alarmantes “noticias” de un acercamiento entre CCOO y Podemos) y llegan al panfleto sin ninguna reserva o miramiento alguno. Los que mandan lo hacen abiertamente y sin escrúpulos.Juan Luis Cebrián es, académicamente, un “mandao”.

El “manual –lo llamaríamos así- del psico-social científicamente construido” se sigue con virtuosismo. Primero, se da cuenta de la existencia de conflictos en Podemos, por lo demás ampliamente conocido, y de cierta normalidad en una organización como Podemos que es más un movimiento que un partido en sentido estricto. Posteriormente se toma nota de que las confluencias de Podemos están en proceso de debate y de discusión y son inmediatamente calificadas como críticas con la gestión de Pablo Iglesias en el debate de investidura. Más adelante, se señala, como algo sabido y comúnmente admitido, la división en el núcleo dirigente de Podemos y se termina profetizando que esa división le podría dar el gobierno a Albert Rivera y a Pedro Sánchez. Para que el cuadro del psico-social se cierre, por ahora, aparece un supuesto informe de la UDEF construido en base a cortar y pegar diferentes informaciones de prensa que –milagros de la vida- se aceptan válidamente como señales de comisión de un delito. No tardará mucho tiempo en que a una de las varias asociaciones jurídicas disponibles de latrama le sirva de base para una enésima denuncia contra Podemos y su entorno que, de nuevo, será titular en los diversos medios de comunicación.

Así una y otra vez. No terminarán nunca hasta que el enemigo sea expulsado del sistema, quebrándolo moralmente, rompiendo la unidad de su equipo dirigente, generando desconfianza en las bases y desagregando a electores y electoras. Todo esto es la señal de que seguramente las elecciones generales son inevitables. Seguirán apareciendo informaciones prefabricadas, encuestas de encargo que anuncian declives electorales y amenazas de los que mandan. Unas veces del IBEX35; otras, de las instituciones de la UE, cuando no, los viejos rostros de la oligarquía económica y política dominante.

No hay que engañarse. Podemos es y será una organización democrática que debe hacer la experiencia de ser de lucha y de gobierno, de combate y gestión, de crítica y de oposición. Construir la alternativa a lo existente no será fácil. Esta ofensiva de primavera de las divisiones acorazadas de la trama hay que verlas como una oportunidad, como una experiencia que necesariamente hay que hacer para ser una fuerza política capaz de construir un nuevo proyecto de país. Lo que no mata hace más fuertes y audaces.

Cuando más atacan, más unidos y resueltos; cuando más critican, más democráticos, transparentes y abiertos; cuando más denigran, más innovadores, más insertos en los territorios y con más vínculos con las personas; cuando más odio destilan, más alegría, más fraternidad y más compañerismo. Las organizaciones se construyen en los buenos y en los malos momentos, en los triunfos y, sobre todo, en la resistencia, aguantando las feroces dentelladas del enemigo de clase.

La clave: el equipo dirigente. La unidad se construye cada día, desde la lealtad al proyecto común, desde la deliberación democrática, desde el trabajo cotidiano y, sobre todo, la acción común. Como me enseñó Pietro Ingrao, el peor centralismo es el de la fracción, el del grupo, el de la secta que día a día sitúa la lucha por el poder interno en el centro de gravedad de la vida partidaria. Hay que reivindicar que la democracia, la deliberación y el debate de ideas y propuestas deben estar al servicio de la transformación del país. Un instrumento de liberación y no de reparto de cargos y prebendas internas, si se me permite, una organización de lucha, de gobierno y de programa para cambiar el país de base. Lo demás, importante, pero secundario. Unidad frente a los que pretenden destruir la esperanza de la gente y bloquear el futuro de la patria.

 

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